A jorge Luis Borges, el veradero poeta
de la lenua española
Desde el mismo día en Jorge Luis Borges murió e ingresó al selecto mundo de la inmortalidad, no he podido conciliar un sueño apacible, ya que me he estrujado el cerebro como una caña en un trapiche para encontrar una explicación lógica a la inefable terquedad de la caprichosa Academia Sueca de negarle el premio durante veintitrés años seguidos al único poeta y al mejor escritor de la lengua castellana en sus trece siglos de historia que de verdad verdad lo merecía. “Nunca les brindaré una milonga” expresó con su ironía rioplatense cuando ya su nombre se encontraba oxidado entre las telarañas de los cerebros de los venerables miembros de la tricentenaria institución.
Esa inefable terquedad de la Academia Sueca, fundada en 1786, la ha llevado a desconocer olímpicamente a los mejores escritores de la segunda parte de este siglo para premiar contra todos los pronósticos a fabuladores, muchos de ellos de medio pelo cuyas obras se pierden en la intrascendencia de su propia genialidad.
“Para ganar el Nobel hay que brindar cenas elegantes, sancochos tradicionales y viudas de pescado a los académicos” dijo en una reunión seria Guillermo Henríquez, el dramaturgo que durante varios años residió en Barcelona y se codeó con lo más granado de las letras europeas. Y siempre ha sido así. Muchos premios fueron entregados más por componendas, amiguismos, intereses políticos e influencias de personalidades, demostrando con ello que, sus fallos marchan en contravía con el criterio ecuménico de los grandes narradores y que además, los inexorables ancianos también tienen su talón de Aquiles cuando de premios se trata.
Cómo explicar que la lista de los escogidos no se encuentren los nombres de Franz Kafka, Aldous Huxley, Graham Grene, Margarita Yourcenar, Mario Vargas Llosa, Truman Capote, Julio Cortázar, Alejo Carpentier, Rómulo Gallegos, Scott Fitzgerald, para solo mencionar a los que ahora se me vienen a la memoria, cuya gloria, para los que murieron ha crecido tan vertiginosamente que los últimos veinte galardonados con el deseado galardón, no acaparan la atención del universo literario.
Aunque se ha creído que el criterio de la Academia en materia de otorgar el máximo galardón es imprevisible, contrasta con lo que han expresado los escogidos tiempo después. En la Academia Sueca hay tantas fisuras que Neruda sabía una semana antes que él era el ganador y cuando la noticia apareció en los diarios del mundo, ya muchos chilenos hacían esfuerzo para quitarse de encima el guayabo que los martirizaba. Odiseo Elytis, premio Nobel de 1979, un griego cuya fama era tan fugaz como la vida de una mariposa y con unas obras cuya importancia no sobrepasaba la más baja montaña del Peloponeso, cuando le informaron que le habían otorgado el Nobel, en medio de una borrachera de muellero cartagenero, solo atinó a decir: “Hace diez días celebro con Dionisos el acontecimiento”.
Pero lo más grave de la inefable terquedad de que hacen gala los dieciocho miembros de la Academia Sueca, convertidos en el Sanedrín del bien y del mal, pregonando como los políticos sobre la buena y la malo literatura es la prescripción a que han sometido a la literatura portuguesa y en especial a la brasileña de Jorge Amado (autor de obras tan importantes como “Gabriela, clavo y canela”, “El país del carnaval”, “Teresa Batista, cansada de guerra”), Ubaldo Ribeiro y Joao Guimaraes Rosa, ya que los temas como los Sertaos o el hedonismo y el misterio de Bahía , con sus iglesias doradas, sus bellísimas mulatas vestidas de blanco con pilas de encajes, las comidas afrodisíacas y el candoblé no cuentan. “Esas son otras literaturas” dijo en cierta época Arthur Lundkvist, el único miembro de la Academia Sueca que habla castellano y la persona encargada de escoger a dedo al candidato.
Esa es la triste realidad de la Academia Sueca que hace pocos días le otorgó el premio a Seamus Heaney, un desconocido poeta irlandés que ya nadie recuerda, mientras que la gloria de Borges sigue cada día creciendo y yo trato al menos de conciliar uno de mis sueños perdidos para ver si encuentro una explicación lógica a la inefable terquedad de la caprichosa Academia Sueca.